jueves 31 de marzo de 2011

Revisión

Fui a hacerme una revisión, era necesario, como los coches, cada cierto tiempo hay que ir para controlar el nivel de los diversos fluidos, lo que en realidad contienen, si no se han ido ensuciando al circular por los circuitos anatómicos una y otra vez. Total, nada grave, me dijo el médico. Sólo hipertensión, colesterol, un poco de azúcar, algo de anemia, unos ganglios algo más desarrollados de lo normal. Esperemos que no sea nada grave. Habrá que hacer nuevos análisis. No se preocupe, hombre, a cierta edad la maquinaria empieza a dar señales de fatiga. Aquí estoy yo para solucionar esos problemas. Coma más hortalizas, tenga una vida sana, respire bien, coma bien, ande bien, haga el amor con su debida frecuencia. Mi médico cree que no gozo lo bastante de los placeres venusinos. Es que no ha visto a mi mujer. Mi mujer y yo no tenemos el mismo médico. Preferimos que no nos vean juntos. Un médico que lo sabe todo de una pareja no está bien, es demasiada responsabilidad para él. Preferimos ahorrarle ese trago. ¡Qué cuernos! me dije, no me voy a dejar deprimir por tan poca cosa. Y me fui a tomar una copa al bar de la esquina, que estaba llena de gente como yo, de entre cuarenta y sesenta años que estaban allí para evitar deprimirse y que miraban con cansancio a su alrededor, gastaban bromas idiotas al camarero y se tomaban su segundo o tercer coñac del día. Es que el carajillo ya no está de moda. A nadie le gusta ya el carajillo. Y es verdad que el carajillo es una vulgaridad, una manera de estropear dos bebidas que por separado son excelentes. Buscaba inspiración, pero por más que miraba a mi alrededor no la encontraba. Quizá los bares no sean el lugar más indicado para ello. Decidí salir de allí corriendo, por suerte el coñac matutino y en ayunas había hecho su efecto. Me fui hacia las ramblas y allí observé las gentes, los turistas, las estatuas vivientes. En las ramblas hasta las estatuas están vivas. Y montones de turistas dispuestos a contribuir a la mejora de la economía local, que buena falta le hace, a dejarse robar la cartera o a que les arranquen la cámara del hombro. Andan así, indefensos, en mitad de la calle, sin guardaespaldas. Es lógico que les pasen esas cosas. Total, no es tan grave. Siempre tendrán algo que contar a la vuelta. Salvo en los casos más graves, cuando el ladrón es también un asesino o un psicótico, cuando lleva las cosas demasiado lejos y arrastra a los turistas a una de las callejuelas adyacentes que parece que estén hechas para eso y meta a los turistas incautos en un portal y les haga perrerías sin que nadie oiga los gritos, sin que nadie quiera oírlos, pensando que no es cosas suya y que a lo mejor alguien se divierte así. Porque todo el mundo intenta pensar en otra cosa cuando ve u oye algo que no le gusta. ¿Y si no fuera lo que yo creo? Entonces no tendría que hacer nada, sería normal que no hiciera nada. En cambio si me pongo a hacer algo y después resulta que no era nada, voy a quedar en ridículo. No caeré en el ridículo, dice la persona honrada y consciente de sus deberes de ciudadano, mejor que se produzca un asesinato antes que caer en el ridículo y cuando deja de oír o ver lo que le perturbaba, es decir, unos diez metros después, ya se le ha olvidado. Aunque de vez en cuando le venga como un vago recuerdo que vuelve a espantar de un manotazo. La vida es una tortura moral incesante. Ser persona es estar todo el tiempo rodeado de obligaciones reales o ficticias. La ficción del ser humano es eso, es creerse un ser moral. Y claro es una tortura, una tortura cotidiana. Sobre todo por la falta de entrenamiento, porque ahora hay que ser un ser moral por libre, no como cuando uno era entrenado por profesionales, cuando iba a confesarse, a la iglesia, cuando escuchaba sermones todas las semanas. Todo eso se acabó, ahora hay que ser un ser moral por libre y los curas lo dicen y el papa también, no es posible, hace falta entrenamiento, motivación, un régimen especial, ayunos y demás. Y tienen razón, la verdad. De manera que la mayoría de la gente se inhibe, aunque dicen los antiguos que antes no era mejor, y que la hipocresía y tal. ¿Tenemos un comportamiento moral mejor que el de los rinocerontes, por hablar de un animal que no parece destacarse por su gran sensibilidad? Quizá no mucho.

2 commentaires:

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