viernes 1 de abril de 2011

Festín de la discordia

Cada día el mismo rito, los mismos gestos, las mismas acciones. Qué aburrimiento. Y sin embargo, los elefantes y los canarios también hacen todo el tiempo lo mismo. Pero a mí me cansa, por qué será. Qué necesidad es esa de renovarse, de cambiar, de no ser todo el tiempo lo mismo, qué clase de veneno es ése que introduce la discordia, ¿es el diablo? ¿la manzana? ¿la serpiente? ¿es eso la salida del paraíso, la inquietud y la indisposición interiores? Debe ser eso, lo demoníaco. Ver las cosas no sólo como son, sino como podrían ser, buscar el no ser en el ser, buscar el abismo, el peligro, la caída, por curiosidad, para cambiar, porque uno se aburre. Intentar saber cómo sería si fuera diferente: el que está arriba querría saber cómo es abajo y recíprocamente. Lo peor de todo es ser idéntico a sí mismo. Por eso nos descolocamos, nos desenfocamos, nos salimos del tiesto, nos desnudamos si estamos vestidos y si estamos desnudos nos quitamos la ropa. Ir en sentido contrario y hacer más y más reglas. Y lo elegante, lo fino, lo bueno es andar siempre por el filo de la navaja, entre pinto y valdemoro, exponerse, coger el toro por los cuernos, aunque haya que ir a buscarlo lejos. Es la lava volcánica, el polvo de estrellas del que estamos hechos los que nos convierte en seres inconstantes, en peonzas, en luminarias fugaces, en festín de la discordia.