lunes 4 de abril de 2011

¡Pum! ¡pum! ¡pum!

Lucio permaneció tirado al lado de la carretera, en el surco que había al límite del arcén. Le estaba bien empleado. Livia se había ido. Había cogido una maleta y se había dirigido a la estación. Intuía que acabaría así. Pese a su mansedumbre aparente, Livia no era de las que se quedan. En cambio lo de Lucio no se lo esperaba. Claro que la culpa era suya. ¿Por qué alojar a un amigo en la propia casa? al principio lo había hecho porque se aburría. La vida con Livia no tenía ya el mismo aliciente. Sabía que Lucio lo pondría celoso enseguida, pero no le daba miedo. Al contrario, tenía ganas de jugar un poco con el fuego. Pensaba que bastaría con dar un manotazo para que las cosas volvieran a su sitio. Total, Livia no podía contar con nadie más. No tenía amigos, no tenía familia, no tenía trabajo. El siempre la había desanimado, había procurado acabar con todos esos lazos inútiles. Ya trabajo yo, le decía. Esa amiga tuya es una estúpida. Tu familia no te quiere. Era muy fácil manipular a algunas mujeres. Livia era una de ellas. A él eso le salía tan natural que ni siquiera se esforzaba. El trabajo que tenía, de albañil, les daba lo bastante para vivir, era verdad. Pero vivían en un pueblo pequeño. La vida era aburrida. Livia que tanto lo había excitado durante años, ya no le hacía el mismo efecto. ¿La quería? Ni siquiera sabía decirlo. Le tenía apego, eso sí. Amar, ¿qué es amar? Es algo pasajero. Lo mismo da amar que no amar. Había vivido intensamente con ella. Era lo único que contaba. Y ahora vivía rutinariamente con ella.

Cuando Lucio lo llamó vio el cielo abierto. Hasta ese momento no se le había ocurrido nada. No tenía la imaginación suficiente o bien era muy perezoso o las dos cosas. Total que no. ¿Adónde iba a ir? Además la relación con alguien a la larga crea una extraordinaria dependencia. Es por eso por lo que algunos matrimonios duran tanto. Sólo por eso. Todo depende del grado de adicción que uno tenga, que los dos tengan. En fin, Lucio fue a casa, a su casa. Iba a quedarse unos meses, mientras se rehacía. Porque él, en cambio, se había divorciado de su mujer. Su mujer lo había dejado. Primero había perdido el trabajo. Lucio permanecía en casa muy a menudo cuando él se iba. Eso lo ponía nervioso. Se imaginaba a su mujer y a Lucio cerca uno del otro, a Lucio rondando alrededor de ella. Se notaba que Lucio la encontraba bien o él lo creía así. El problema fue que Lucio no llegó a insinuarse, ni a acercarse verdaderamente a Livia. Lucio no cumplió la tarea para la que lo había metido en casa. Fue entonces cuando decidió decirle a su mujer que hiciera algo para consolar a Lucio. Su mujer, su propia mujer, tenía que hacer algo para consolar a Lucio. ¿No ves que está deprimido? Para mí no es nada grave. De verdad. Se trata de echar un polvo y ya está. Livia lo miraba con los ojos muy abiertos. Livia nunca había tenido el sentido de la infidelidad. Es un sexto sentido. Se tiene o no se tiene. Y ella no lo tenía. Ese fue el problema. Livia cogió las maletas y se fue. Entonces se encontró con que vivía en casa con Lucio. Si la vida con su mujer era aburrida, la vida con Lucio era un martirio. Fue entonces cuando decidió que había que poner fin a aquella historia. Fue a la ciudad, compró una pistola, cogió a Lucio en coche. Vamos a buscar espárragos, le dijo. Lo dejó que saliera de coche y abriendo la ventanilla de su lado lo llamó. ¡Lucio! ¿Qué? ¡Pum! ¡pum! ¡pum!