Sí ya sé. Sería mejor ser rico. Es lo que piensan muchos. Yo no estoy muy de acuerdo. Ser rico tiene inconvenientes que no voy a enumerar, porque todo el mundo los conoce. Un rico despreocupado no existe. Todo rico que se respete gimotea por las obligaciones inherentes a su capital, a su empresa, a sus acciones. Y eso no se acaba nunca. Sólo una ruina brutal, inesperada y completa puede liberar a un rico de su desgraciada situación. Muchos herederos de ricachos lo han entendido, haciendo todo lo posible, con una conducta irresponsable, entregándose a la lujuria y al juego, para acabar con ese imposible lastre. Después de eso suelen acabar su vida miserablemente, pero dejando a generaciones de sucesores sin ese estigma de la riqueza. Hay que vivir como hacen las plantas, con esa aérea suficiencia, creciendo, robusteciéndose en el mismo suelo en el que se ha nacido, sin derrochar excesivas energías para alcanzar una felicidad... vegetal. Es una desgracia ser rico. El problema es que ser pobre también lo es. No hay solución. Incluso las plantas están expuestas al albur de una catástrofe. Sólo los cactus del desierto son felices, ajenos a los cambios interminables, a la tala de bosques, a los efectos de una inesperada sequía. Apenas hay sitio para la vida en este mundo, si no es una vida extrema y austera. No hay castillo que nos proteja de las armas de nuestros enemigos, no hay gloria eterna que nos consuele de no ser más que lo que somos. Y por si fuera poco, lo único que nos espera al final de ese luctuoso camino es sólo la muerte. No, creo que no he empezado el día en un estado de optimismo contagioso.
viernes 1 de abril de 2011
Sería mejor
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