domingo, 6 de agosto de 2017

Amor y pedagogía

Mathieu vuelve de una conferencia que ha dado en París. Le gusta ir a París y le gusta dar conferencias. Es una cosa mucho más relajada e interesante que las clases. Además al final la gente siempre aplaude. Se fue el día anterior y vuelve ahora en tren, a Besançon, donde vive. Últimamente lo llaman con bastante frecuencia. Sin saber cómo se ha convertido en una especie de eminencia gris en su campo de estudios. Debe ser cosa de la edad. El color de su pelo se adecúa a esa denominación. Todo ha sido fruto de la casualidad. Nunca habría ocurrido si hubiese continuado con su especialidad inicial. Él era un estudioso de los clásicos, de Lope de Vega, de Quevedo y de Cervantes. Era su trío favorito. Pero lo dejó. Sin saber cómo, de pronto, en el momento de hacer los trabajos que lo convertirían en catedrático decidió dar un giro radical y ocuparse de la literatura contemporánea, no, ni siquiera contemporánea, de la actual, según se denominaba desde hacía algún tiempo, y entre todos los autores posibles, decidió apostar por las mujeres, por las más jóvenes. De ahí había salido su obra principal, la que le había dado la fama, Novelistas españolas de hoy. Lo que al principio era una obra escrita con fines académicos, se había convertido en un best-seller. De ahí la celebridad relativa que tenía. Además de sus intervenciones en París, lo llamaban con frecuencia de otras universidades francesas o españolas y había publicado algún que otro artículo en El País. Sí había sido un cambio muy importante en su carrera y estaba satisfecho, no sólo por el éxito, sino porque de pronto tenía un montón de gente con la que hablar. Ni Cervantes, ni Quevedo ni Lope se habían dirigido nunca a él, ni para agradecerle, ni para recriminarle nada, a pesar de los cientos de páginas que había escrito sobre ellos. En cambio las escritoras que había introducido en su estudio le habían mandado innumerables cartas y estaban empeñadas, muchas de ellas, en encontrarse con él, ya fuera para agradecerle lo que decía de su obra, para mostrarle su desacuerdo o, simplemente, para que no se olvidara de ellas. Los editores también estaban encantados. En su volumen había sustancia suficiente para alimentar los artículos de muchos críticos afines. Le pedían con insistencia que escribiera más libros sobre sus protegidas. “Las mujeres están de moda”, le decían con frecuencia. “Es un filón, pero necesitamos a gente como usted para darles el espaldarazo, para que susciten aún más interés y curiosidad”.


Se tiene que ver hoy mismo con Carina Oliveros. Oliveros es una jovencita que ha publicado una novela con un éxito escaso, pero él la ha mencionado en uno de sus artículos. La ha visto en algunas fotos. Es una joven muy atractiva. No puede negar que cuando habla con ella por teléfono siente despertar en él ciertos instintos y que, sin ir más lejos, ahora, al intercambiar algunos mensajes con ella, justo cuando estaba llegando a su destino, ha sentido cierta emoción. Sí, una emoción leve, pero persistente, que todavía le duraba al bajar del tren y comenzar a andar hacia el centro de la ciudad. ¿Qué querrá?– se pregunta. Pero conoce muy bien la respuesta. Quiere ayuda. Quiere que la mencione más veces, que hable más de ella. Si los editores se convencen de que Mathieu Rosas la apoya, no dudarán en publicar los otros libros que piensa escribir. Sólo por eso ha hecho el peregrinaje hasta Besançon, una ciudad en la que la gente no suele parar si no tiene amigos, familia o trabajo. Y hacen mal, porque es una ciudad muy bonita.