Este es el primer libro que escribo y también el último. Tengo veintisiete años, estoy soltera y sin compromiso y trabajo en un supermercado. Es sorprendente, ¿verdad? Es lo que yo me digo. La gente no está acostumbrada a leer libros de dependientas y cajeras. Vamos que no hay ninguna todavía que haya saltado a la fama por su grafomanía en los ratos libres. Y es que hay muchos prejuicios entre nosotras. Me temo. ¿Qué van a decir? El qué dirán. Es lo de siempre. No nos podemos quitar eso de encima. Porque claro, enseguida sale uno diciendo pero qué quiere esa inculta, esa pringá. Pero yo soy una tía con un par de ovarios. Se me ha puesto que tenía que escribir un libro y aquí estoy, con el libro encima de la mesa. Y a todas mis compañeras les digo, cajeras y dependientas unidas, liberaos, escribid lo que os salga, publicad, no os cortéis. Tomad ejemplo sin más ni más de esas señoras que salen en la tele, con sus dientes blanqueados, sus tetas bien puestas, sus escotes y demás, que méritos no les faltan, pero que de escribir ni la o con un palote, y publican, tú, lo que a ellas les sale del coño se lo publican, porque para eso tienen ellas un nombre. Pues nosotras igual, que a lo mejor no estamos tan bronceadas ni nos gastamos tanto en vestiditos y sostenes, pero que tenemos un potencial, porque labia hace falta para ponerse detrás de un mostrador, ni más ni menos que en la tele, y aguante, mucho aguante, para jorobarse oyendo las penas caseras, los lamentos sexuales, las dolamas y quejíos de tanta tía malfollá como viene a comprar. Pero bueno, ya estoy hablando mal y no quiero, porque el estilo es importante y yo no quiero dejar mal puesta a la profesión. Es verdad que más de una habla así, y que a una servidora a veces se le calienta la boca, pero las que más se muerden la lengua y hablan como respiran, es decir, con moderación, con tacto, sonriendo aunque les gustaría atacar, morder en la yugular a la interfecta.
¿He dicho que tengo veintisiete años? Sí, lo he dicho. Y es verdad. Veintisiete años es una edad de la que se puede hablar. Una no es ni joven ni vieja, es como indiferente, que ni fu ni fa, aunque está ya en tierras movedizas. Pero de vieja no tiene nada. La vejez empieza a los treinta años. Lo tengo comprobado. A todo esto, no he dicho cómo
me llamo y eso les va a sorprender, vaya que sí. Me llamo Marisa Paredes. En serio, tú, como lo oís. Tengo ese nombre de nacimiento. Al principio nadie se daba cuenta, pero en los últimos años tengo una fama espantosa gracias a esa rubia teñida de las películas de Almodóvar. Vamos que creo que lo de escribir el libro me ha venido sobre todo por eso. Me he dicho, ya soy famosa, pero no soy yo, sólo es mi nombre. Ahora voy a escribir un libro que la otra Marisa Paredes se va a cagar. Y en eso estoy. Dispuesta a hacerle sombra, a que le digan, ah, así que tú eres la otra, perdón, te había tomado por la escritora. Eso me he dicho.
Yo aquí donde me ven habría podido hacer estudios. Habría llegado lejos. Pero vamos, estaba hasta el moño de libros, de apuntes, de diccionarios, de aprenderme cosas de memoria. Y, joder, que el supermercado es la vida. Aquí te encuentras con gente de la calle, aunque mayormente con mujeres de toda laya y sobre todo casadas, que no trabajan y sólo vienen a la tienda para cascar. Pero por las tardes es diferente, porque vienen también las que trabajan y algunos tíos. Casados mayormente, que te sonríen porque hace años que sueñan con echar un casquete con la primera jovenzuela que se les ponga a tiro, pero que tienen miedo y además ya están como sebosillos. Aunque algunos recién casados están que no veas. Pero no quiero meterme en eso que me enzalamo, porque ya he dicho, yo estoy soltera y, maldita sea, sin un puto compromiso. Y no es que no esté de buen ver, pero no sé, parece como que los repelo.