Quería seguir con mi reflexión viaria. Eso de los primates da mucho de sí, con tanto primate suelto y deslocalizado, fuera de su entorno arborícola o cavernícola. Pero lo primero de todo, lo que quiero antes de nada es hacer una recomendación: imítenme.
Sí, como buenos primates, háganlo, por favor. Miren a su alrededor a sus familiares, a sus colegas, a sus amigos, a sus compañeros de acera o de transporte ferroviario, fíjense en ellos no como acostumbran. No, nada de eso. Mírenlos como auténticos primates, como lo que de verdad son, con una esperanza de vida de tantos y tantos años, con tales o cuales facultades de reproducción, con las características físicas que van cambiando con la edad, con sus diferencias de grosor y altura.
Fíjense así, olvidando por un momento la pantalla deformante de los valores sociales. Eso que hace que veamos con horror a una persona gorda, que de inmediato nos sintamos atraídos por una joven, que atribuyamos a un hombre con traje un modo de ser suave y civilizado, que desechemos el contacto con un viejo, porque total no le queda mucho tiempo para estar por estos barrios.
Se cree con una absurda convicción que las consideraciones humanas nos hacen más bondadosos, mejores con los otros. ¡Qué tontería! Nos pasamos el tiempo evaluando a nuestros vecinos, al tipo que cruzamos con un coche grande o pequeño, a la mujer que va elegante o con ropa de supermercado, al individuo poco agraciado, al que sabemos jefe de esto o de lo otro. Los evaluamos con las anteojeras, con los pesos y medidas que nos dicen de antemano lo que está bien o mal, lo que es atractivo o repelente, lo que hay que tener en consideración o despreciar de inmediato. Lo humano, lo puramente humano es esa evaluación perpetua.
Bajémonos un momento de nuestra humanidad presuntuosa, bajémonos a la altura del hermano mono y veamos esa fundamental unidad entre unos y otros, esa igualdad esencial que nos hace frágiles, inconsistentes y efímeros.