sábado 14 de noviembre de 2009

Tardeorizante actividad

Introducción

Enrupeció las canas con el aligote que tenía en la guantera del coche. El torpe respirar de los gladiolos lo invadió todo. Criminóme y no me espantó Brutus. Calígula amaneció ceñudo, sesudas nubes de invierno torpedearon el amanecer. Reacaeció todo un poco más; levinoso estaba el día. El frutal bramante se encogió con la tunda rugosa de las rameantes chilladas. Sospiramos todos y quejímonos. Viento alarbe, tropelía de sabios, infusta podredumbre.

Yaminamoto tropeliólidos enmarteció las letras con el azabache de su ingenio. Galante ornura la de los toldos barítonos, la de los toldos balcónicos, melancólicos.

Trupecé el día con roturas gástricas. Llabia desnuda soliviantó una sonrisa cánica sin rubor antimerétrico, lameteando sus llantas de todoterreno. El júbilo jubilioso de los jubileos y de los jubilados que encanecen la llanura montuosa del envejestorizamiento. Parda gritó una vez y tropeveció. El lluvio insistente que aguana las plántulas del jardicasa. La llamiata canuda del torcedorizante. Prometió trópicos sudados y malolientes, estufas de lana, jirones de siesta como un poeta veintesecular.

Los aspucios tormidontes especutilizaron los bravíos silicones del gamazo. El lluvio lo esplumará todo con una gaita cainituda. El cainitudamiento genérico carrasca las llagas del floseo, que bilisean sin cesar, aguanosos jarapudres.

jueves 19 de marzo de 2009

Benito Juárez

La noticia del día: una persona que vivía en las montañas ha decidido venir a vivir a la ciudad y no a cualquier ciudad: a una ciudad tan invadida por la contaminación como es Hospitalet. Echaba de menos el humo de los coches, el cemento armado de los edificios, el asfalto maloliente de las calles. Esa persona que, haciendo caso de los ecologistas urbanos, se fue echando leches hacia las alturas plácidas y silvestres del Pirineo ha vuelto. Y al volver, ha visto que los ecologistas urbanos que tanto odian la vida urbana siguen viviendo en la urbe cómodamente, contentos de echar pestes por todo lo que les rodea, pero sin coger el portante, sin echarse un hatillo a la espalda para huir del mundanal ruido. Ese hombre se llama Benito Juárez y es amigo mío.

sábado 14 de marzo de 2009

Un modelo importable

Autor: Habib Al-Harabi
Título: Corazones en el hielo
Editorial: Casino S.A.
Año de edición: 2009


Me gusta hablar de libros exóticos. Tendríamos que ocuparnos sobre todo de ese tipo de obras. Empezar por ese tipo de obras, para, después, leer con menos prejuicios todo aquello que nos afecta más de cerca. Los libros exóticos sirven de profilaxis intelectual. Siempre que estén bien hechos, claro. Siempre que sean obra de gentes bien instruidas.

En este caso no me cabe la menor duda. Aunque no se pueda decir que Corazones en el hielo es del todo un libro exótico. No lo es del todo por la parte final, por la reflexión final del último capítulo que está dedicada muy directamente a nosotros, lectores occidentales.

Este libro trata de los inuit o esquimales. Su autor es el profesor tunecino Habib Al-Harabi, gran explorador de las leyendas nórdicas. Es un libro serio, documentado. En él se pueden encontrar todos los mitos de esas poblaciones del extremo Norte del hemisferio, de esas gentes que viven entre los hielos y gozan escasamente de la luz solar. Es emocionante entrar en ese mundo, descubrir las leyendas que se han ido destilando durante siglos, de las referencias a los espíritus de los muertos que no están en ningún extraño Más Allá, sino en el presente diario de los vivos, oír hablar del espíritu de la luna o del amo del mar.

También se nos habla, desde luego, de la vida real de esos pueblos. Por ejemplo, se ha relatado muchas veces la naturalidad con la que se producen cambios de parejas en esas latitudes. Entre amigos, por unas semanas, para estrechar los lazos... O bien la costumbre que tienen los hombres de ofrecer los favores de su mujer a un recién llegado al que se quiere agasajar. El profesor Habib El-Harabi también habla de esas costumbres y explica el fundamento climático de las mismas. En el frío es lógico que se comparta el calor humano, que no se trate la relación amorosa con la exclusividad avariciosa que nosotros todavía hoy día conocemos y que ha dado tanta tela que cortar a la literatura.
El profesor Habib Al-Harabi no desmiente tales prácticas. Pero no se contenta sólo con eso. El profesor Habib Al-Harabi hace una digresión para, como quien no quiere la cosa, teorizar nada menos que sobre la importación de ese modelo a la sociedad occidental. Y muestra de paso cuáles serían las consecuencias. Y serían enormes. Enormes, porque Al-Harabi está convencido de que la exclusividad avariciosa del amor procedente de Babilonia y que reconocemos en el mito de Píramo y Tisbe, constituye la semilla misma de nuestras desigualdades sociales, de nuestro horror económico. Esa libídine celosa que ha dado lugar a la guerra de Troya es el cáncer –nos dice este célebre profesor- de nuestra civilización.

No vamos a darle aquí la razón ni a contradecirlo, sólo queremos subrayar que esa tesis está lejos de ser una boutade e indicar que merecería la atención de nuestros políticos y de nuestros filósofos. Veamos, ¿qué otra cosa sino un cambio fundamental en los hábitos de emparejamiento humano -que ya sabemos rigen nuestras sociedades con sus fuerzas invisibles- puede cambiar el modelo económico, el modelo político, el modelo educativo y dar lugar a una sociedad menos atosigada por las prisas, por esa manía de correr hacia ningún sitio, de producir más, de inventar frenéticamente nuevos objetos, desechados unos meses después?

sábado 20 de septiembre de 2008

El desmayo de Neus

Cita del libro de Romeo Carlos Sobrabe, Tenso atardecer, ed. Ruedo Salmantino, 2008

Desde el principio tenía previsto salir. Por eso se había abalanzado sobre Neus a las cuatro de la tarde. La había esperado todo el día. Quería hacer el amor con ella para librarse de tanto pensamiento lúgubre como le asediaba. Hacer el amor con ella y después salir. Esos eran los planes. Sin pérdida de tiempo.

Al llegar, Neus estaba cansada, como siempre cuando venía de trabajar y también hambrienta, pero él apenas le había dejado abrir la nevera y coger un trozo de queso. Neus había protestado y se había resistido blandamente. Mucho menos que otras veces. Por un momento Clarís había temido que le saliera diciendo de nuevo aquello de que no era un juguete disponible en todo momento para satisfacer sus necesidades. Supuso que la reacción violenta llegaría al ponerse detrás de ella y empezar a desabrocharle los botones de la camisa. Viendo que Neus seguía masticando el queso como si tal cosa, se dijo que había ganado la partida.

Aunque todavía hizo amagos de rechazar sus caricias, ya estirada en la cama, medio desnuda, había sucumbido al desmayo plácido del deseo.

Iba a salir. Estaba satisfecho de la manera en que se había desarrollado ese ataque furtivo y de su resultado cuando había entrado a matar. Se había anotado un orgasmo, unos pocos quejidos y la sonrisa de Neus. Todo lo cual certificaba su virilidad.

Había esperado un poco antes de desenredarse, con cautelosa demora, de los brazos delgados y largos de Neus, por miedo a despertarla. Ya de pie, miró ese cuerpo que parecía inánime con un orgullo desdeñoso, como un cazador veterano después de palmear el lomo de la gacela que ha caído acribillada por sus balas.

Iba a salir. Se vio en el espejo. El espejo era grande, de cuerpo entero. Detrás se veía a Neus. La inclinación del espejo ponía de realce su perfil. Los pechos y la barriga habían cobrado cierto relieve, una ligera hinchazón. Sus brazos eran tan delgados y largos como siempre. Sus piernas, ligeramente plegadas e inclinadas hacia la derecha eran elegantes como las de una modelo posando para un anuncio de medias. Aunque sí, sus pechos breves, a menudo imperceptibles, se le antojaban más rellenos, más sustanciosos.

viernes 5 de septiembre de 2008

De cajeras

He aquí un fragmento de un libro de una amiga mía, Serena Ramos, cubana emigrada a España, que cuenta cosas que ha vivido. La aprecio como persona y aprecio su talento, pero la cercanía amistosa me impide hacer una alabanza ecuánime de su obra, por ese motivo le dejo al lector que lo haga y que, en caso de que le guste, compre el libro.

Serena Ramos, De cajeras, ed. Carmelo, 2007

Este es el primer libro que escribo y también el último. Tengo veintisiete años, estoy soltera y sin compromiso y trabajo en un supermercado. Es sorprendente, ¿verdad? Es lo que yo me digo. La gente no está acostumbrada a leer libros de dependientas y cajeras. Vamos que no hay ninguna todavía que haya saltado a la fama por su grafomanía en los ratos libres. Y es que hay muchos prejuicios entre nosotras. Me temo. ¿Qué van a decir? El qué dirán. Es lo de siempre. No nos podemos quitar eso de encima. Porque claro, enseguida sale uno diciendo pero qué quiere esa inculta, esa pringá. Pero yo soy una tía con un par de ovarios. Se me ha puesto que tenía que escribir un libro y aquí estoy, con el libro encima de la mesa. Y a todas mis compañeras les digo, cajeras y dependientas unidas, liberaos, escribid lo que os salga, publicad, no os cortéis. Tomad ejemplo sin más ni más de esas señoras que salen en la tele, con sus dientes blanqueados, sus tetas bien puestas, sus escotes y demás, que méritos no les faltan, pero que de escribir ni la o con un palote, y publican, tú, lo que a ellas les sale del coño se lo publican, porque para eso tienen ellas un nombre. Pues nosotras igual, que a lo mejor no estamos tan bronceadas ni nos gastamos tanto en vestiditos y sostenes, pero que tenemos un potencial, porque labia hace falta para ponerse detrás de un mostrador, ni más ni menos que en la tele, y aguante, mucho aguante, para jorobarse oyendo las penas caseras, los lamentos sexuales, las dolamas y quejíos de tanta tía malfollá como viene a comprar. Pero bueno, ya estoy hablando mal y no quiero, porque el estilo es importante y yo no quiero dejar mal puesta a la profesión. Es verdad que más de una habla así, y que a una servidora a veces se le calienta la boca, pero las que más se muerden la lengua y hablan como respiran, es decir, con moderación, con tacto, sonriendo aunque les gustaría atacar, morder en la yugular a la interfecta.

¿He dicho que tengo veintisiete años? Sí, lo he dicho. Y es verdad. Veintisiete años es una edad de la que se puede hablar. Una no es ni joven ni vieja, es como indiferente, que ni fu ni fa, aunque está ya en tierras movedizas. Pero de vieja no tiene nada. La vejez empieza a los treinta años. Lo tengo comprobado. A todo esto, no he dicho cómo
me llamo y eso les va a sorprender, vaya que sí. Me llamo Marisa Paredes. En serio, tú, como lo oís. Tengo ese nombre de nacimiento. Al principio nadie se daba cuenta, pero en los últimos años tengo una fama espantosa gracias a esa rubia teñida de las películas de Almodóvar. Vamos que creo que lo de escribir el libro me ha venido sobre todo por eso. Me he dicho, ya soy famosa, pero no soy yo, sólo es mi nombre. Ahora voy a escribir un libro que la otra Marisa Paredes se va a cagar. Y en eso estoy. Dispuesta a hacerle sombra, a que le digan, ah, así que tú eres la otra, perdón, te había tomado por la escritora. Eso me he dicho.

Yo aquí donde me ven habría podido hacer estudios. Habría llegado lejos. Pero vamos, estaba hasta el moño de libros, de apuntes, de diccionarios, de aprenderme cosas de memoria. Y, joder, que el supermercado es la vida. Aquí te encuentras con gente de la calle, aunque mayormente con mujeres de toda laya y sobre todo casadas, que no trabajan y sólo vienen a la tienda para cascar. Pero por las tardes es diferente, porque vienen también las que trabajan y algunos tíos. Casados mayormente, que te sonríen porque hace años que sueñan con echar un casquete con la primera jovenzuela que se les ponga a tiro, pero que tienen miedo y además ya están como sebosillos. Aunque algunos recién casados están que no veas. Pero no quiero meterme en eso que me enzalamo, porque ya he dicho, yo estoy soltera y, maldita sea, sin un puto compromiso. Y no es que no esté de buen ver, pero no sé, parece como que los repelo.

miércoles 3 de septiembre de 2008

Una definición

El ser humano: especie de primates con una exagerada tendencia a embriagarse... del modo que sea.

sábado 23 de agosto de 2008

Ciudades

Recorro la ciudad, sus calles, miro a sus gentes. La vida transcurre por todos esos lugares, como el agua que entra por los intersticios de la roca, que se filtra por la tierra, que entra en un cauce mayor y vuelve a salir. Del mismo modo la vida y las gentes que discurren por la ciudad.

Busco algo en esa ciudad, como en todas las ciudades a las que voy. Y como ocurre en todas ella saldré de aquí con las manos vacías. Amo esa sensación, esas dos sensaciones: la de buscar algo y la de salir de ahí sin nada, sediento de nuevas cosas.