sábado 29 de marzo de 2008

Métodos

Dostoyevski o la investigación del presente: ¿qué pasa cuando alguien es así?
Proust o la investigación de la memoria: ¿qué había de interesante en todo lo que me ocurrió?

sábado 22 de marzo de 2008

Encuentros con mi súper-yo

Últimamente he entrado en contacto con mi súper-yo. Ha sido un puro azar, a la vuelta de una de esas esquinas del pensamiento. El muy jodido se había encontrado un buen disfraz. Me había cruzado con él infinidad de veces sin reconocerlo. Lo tomaba por otro. Y la verdad, cuando uno identifica a su súper-yo las cosas son mucho más fáciles, porque lo puede mantener a distancia o bien llamarlo cuando lo necesita. El mío andaba con la apariencia del director de mi antiguo colegio, de cuando era niño. Llevaba su traje gris, su camisa blanca, su corbata oscura, su cara severa, su vientre prominente, su cabeza cuadrada, su porte militar, su tiesura, su parquedad verbal, sus exquisitas maneras, su manía de hacer discursos. Aquella figura que representaba la autoridad, el sistema político de la época, el discurso oficial, las exigencias escolares y que sobre todo era el guardián de las puertas de la cultura y el reconocimiento social, se las había arreglado para andar con disimulo por todos los circuitos de mi mente, para contaminarlos. Hasta que lo pillé. Hasta que me pillé, porque de pronto vi que en secreto y cuando no me daba cuenta, veneraba aquel orden que me parecía ridículo, aquella autoridad que me resultaba tan repugnante. Y no sólo los veneraba, sino que me servían de guía en decenas de acciones diarias en las que me dejaba vencer por él. Y que esa veneración estaba llena de odio. El odio de obedecer a aquel ridículo e invisible personaje en contra de mi voluntad, de mis creencias, que se habían construido en oposición a él.
¡Qué tontería! Todo el mundo sabe que el súper-yo es una herramienta que uno utiliza cuando le hace falta, como unos alicates, para sacar un tornillo. Y si uno está falto de autoridad o de moralidad en un momento dado, abre la puerta a su súper-yo y lo deja pasar. El problema es cuando se mete donde no lo llaman. Pero eso sólo ocurre si uno no ha podido detectar el disfraz o los disfraces de su súper-yo. Hay que estar al acecho.

jueves 20 de marzo de 2008

Lo que quería decir

Sigo con mis impresiones de cuando voy camino del trabajo. Ya he dicho, el camino es largo. Aunque no sé, temo hacerme demasiado pesado. Además, yo diría que las reflexiones son cada vez más cerebrales. Puede ser grave. Total que iba de nuevo camino de esa santa institución donde me tratan con benevolencia. Quiero decir que nadie se ocupa de mí. Voy, hago lo que tengo que hacer y vuelvo a casa. Y eso sólo de vez en cuando. El resto del tiempo me lo paso en casa, preparándome para ir después y dar esas charlas, clases o lo que sean. Los estudiantes no son muy molestos. Hacen que escuchan mientras yo hago que doy clase y después cada uno se va por su lado y a quien Dios se la ha dado, que Cristo se la bendiga. Obviamente. Pues eso, yendo camino de esa santa institución paso por un puente, bajo el cual el agua transcurre con insistencia y de forma caudalosa, donde hay algunos peces. Siempre veo a alguien que camina por la orilla, incluso a las ocho de la mañana y me pregunto si no tiene nada mejor que hacer. Y a veces veo a alguien que pesca y me pregunto si lo hace para comer, si ésa es su dieta cotidiana y si yo no podría hacer lo mismo en lugar de ir a trabajar. A todo esto no recuerdo muy bien lo que quería decir. En fin. Empezaré otra vez, otro día. El próximo día. Era interesante, pero un poco cerebral lo que tenía que decir.

viernes 14 de marzo de 2008

Un consejo

Quería seguir con mi reflexión viaria. Eso de los primates da mucho de sí, con tanto primate suelto y deslocalizado, fuera de su entorno arborícola o cavernícola. Pero lo primero de todo, lo que quiero antes de nada es hacer una recomendación: imítenme.
Sí, como buenos primates, háganlo, por favor. Miren a su alrededor a sus familiares, a sus colegas, a sus amigos, a sus compañeros de acera o de transporte ferroviario, fíjense en ellos no como acostumbran. No, nada de eso. Mírenlos como auténticos primates, como lo que de verdad son, con una esperanza de vida de tantos y tantos años, con tales o cuales facultades de reproducción, con las características físicas que van cambiando con la edad, con sus diferencias de grosor y altura.
Fíjense así, olvidando por un momento la pantalla deformante de los valores sociales. Eso que hace que veamos con horror a una persona gorda, que de inmediato nos sintamos atraídos por una joven, que atribuyamos a un hombre con traje un modo de ser suave y civilizado, que desechemos el contacto con un viejo, porque total no le queda mucho tiempo para estar por estos barrios.
Se cree con una absurda convicción que las consideraciones humanas nos hacen más bondadosos, mejores con los otros. ¡Qué tontería! Nos pasamos el tiempo evaluando a nuestros vecinos, al tipo que cruzamos con un coche grande o pequeño, a la mujer que va elegante o con ropa de supermercado, al individuo poco agraciado, al que sabemos jefe de esto o de lo otro. Los evaluamos con las anteojeras, con los pesos y medidas que nos dicen de antemano lo que está bien o mal, lo que es atractivo o repelente, lo que hay que tener en consideración o despreciar de inmediato. Lo humano, lo puramente humano es esa evaluación perpetua.
Bajémonos un momento de nuestra humanidad presuntuosa, bajémonos a la altura del hermano mono y veamos esa fundamental unidad entre unos y otros, esa igualdad esencial que nos hace frágiles, inconsistentes y efímeros.

viernes 7 de marzo de 2008

Primates pretenciosos

Sucedió ayer. Volvía a hacer una larga caminata para ir al trabajo. Me ha cogido por ahí últimamente. No sé, me gusta. Ando durante cuatro o cinco quilómetros. Es mucho y cuando llego estoy cansado, pero el camino es provechoso. No es una pausa tonta y expectante, como cuando uno va en coche o en autobús. Tengo tiempo para mirarlo todo. Me veo obligado a hacerlo. Veo las cosas y las personas, las casas, los jardines, los bloques, los anuncios que van cambiando, el paisaje, según sea un día frío o rutilante de sol. Y hay días, como ayer, en que de pronto me viene una idea. Y me da tiempo a darle vueltas, a comprobar su consistencia. La de ayer está en el título que he puesto a este texto: primates pretenciosos. Fue al llegar al centro, donde la densidad de peatones siempre es mayor, sobre todo a esa hora en que madres y padres, con la cara angustiada de quien todavía tiene muchas otras cosas que hacer, arrastran a sus hijos al colegio. Viendo a los que bajaban del autobús, a las jovencitas airosas, a los hombres y mujeres mayores, renqueantes, a los adultos con paso firme, algo imperioso, a los camareros, disfrazados con una apariencia de uniforme, sin hablar de los policías. En fin, toda esa gente que transita o se atarea con toda naturalidad entre elevadas y más o menos simétricas construcciones. Fue entonces cuando recordé que éramos todos unos primates: unos con arrugas y el pelo blanco, otros con la cara lisa y largas melenas, algunos vestidos con abrigo y bufanda, todos diferentes, pero primates todos. Primates en una ciudad fría todavía, empeñados en encaramarse en construcciones tan alejadas de sus ya olvidados instintos de libertad, primates disciplinados que recuerdan a diario el trabajo y las obligaciones que se han impuesto, primates dispuestos a ser toda su vida un peldaño de esa gran construcción de la civilización que debe llegar íntegra e incluso aumentada a sus descendientes, con el peso de las cosas y de las casas, de la cultura y de los gobiernos, de las instituciones y de los comercios, de las religiones y de la política, del pasado del lejano primate Platón y del lejano primate Descartes, de todos esos primates ejemplares que nos han dejado libros en los que leer y sus ideas, sus ocurrencias. Primates con memoria, deseos, promesas y aspiraciones. Primates todos tan iguales, pero empeñados en presumir de esto y de lo otro para distinguirse unos de otros. Primates olvidados de sus orígenes, de las vidas arborícolas de sus primos, de su sencilla felicidad.
Así iba, camino del trabajo, pensando en esas tonterías.

domingo 2 de marzo de 2008

Así es T

Ayer vino T. ¿Era él? Intuí que era él al percibir el movimiento de un coche gris que dejó como un rastro delante de mi ventana Dudé un instante en ir a ver, porque hay muchos coches grises y en ese momento ni siquiera se me había ocurrido que pudiera ser el suyo. Sólo tenía ganas de levantarme e ir a ver, porque algo en mí había percibido algo que yo no había percibido. Mi agudeza visual y mi vivacidad mental son muy superiores a las que mi torpe yo es capaz de manejar de manera consciente. A veces, cuando me pongo presuntuoso, creo que mi mente es un bólido conducido por un patoso. El caso es que como mi inconsciente sabía de sobras, aquel coche gris era el Renault gris de T. Sabía que podía venir, pero no que fuera a hacerlo. No es fácil saber lo que T. va a hacer realmente por mucho que lo diga. No es de los que acostumbran a someterse mansamente a las promesas y a las previsiones, cultiva la tardanza y el dar esquinazo, El caso es que allí estaba, delante de casa, saliendo del coche, acercándose a la verja, abriéndola y caminando con parsimonia para llegar hasta la casa, por ese adoquinado tan elegante que hemos puesto hace un par de años y que nos costó un ojo de la cara. Llevaba zapatos negros, una chaqueta negra, el pelo negro y barba del mismo color. T. es alto y nada delgado, hay días en que parece elegante, como ayer. Pero cuando no duerme bien, con chaqueta y todo le echarías diez años más y está todo como abotagado y grasiento. Vino para hablar. Trabajamos en la misma institución. Tenemos despachos a unos treinta metros de distancia, en los extremos de varios pasillos serpenteantes, ideales para airearse un poco, sobre todo ahora que nadie fuma porque lo acaban de prohibir. Pero nos aireamos de otra manera. Nunca nos vemos. Cuando nos tenemos que hablar preferimos hacer cuatro o cinco quilómetros. Es lo que hay de su casa a la mía. O bien si nos encontramos por casualidad y a una hora tardía en la famosa institución, nos vamos a tomar una copa, que suelen ser dos cervezas por banda. Lo más frecuente es que hablemos de proyectos que no haremos o de otros proyectos que no vamos a acabar aunque ya los hayamos empezado. En eso nos parecemos. Los dos practicamos la diversión. Estuvo en casa y hablamos un poco, un rato y después se fue, otra vez, con su coche de color gris, que percibí desde la ventana.

lunes 28 de enero de 2008

Nostalgia

Hasta entonces no había sabido qué era ese estado de ánimo pantanoso en el que los recuerdos lo atrapan a uno con el decidido propósito de darle una tunda, de dejarlo fuera de combate, inservible para las exigencias del presente.