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El manuscrito de la cueva

Todo el mundo creerá que no hay nada que pueda cambiar en un ápice la historia de don Quijote después de tanto tiempo y de tantas inve...

viernes, 21 de septiembre de 2018

Narración por entregas 1-6 (actualizado)

Nota algo, como un frescor en el costado. Y se detiene un instante para mirar qué puede ser. Es la camisa. tiene un descosido en la camisa, a la altura de la cintura. Ya se había dado cuenta hacía algún tiempo, cada vez que se la ponía, de que estaba tensa, que le tiraba. Por lo visto, sin que se aperciba, mientras andaba con prisas, se ha acabado de producir ese estropicio. Se ha abierto y se le ven las carnes. Y anda así por la calle.

De niño ya era así. Había sido un niño rollizo y había estado luchando desde siempre con la ropa que se le resistía. 

Está empapado en sudor, con la camisa rota y la boca abierta, jadeando. Primero ha caminado por la Gran Vía, al lado de la universidad, y después ha girado en Aribau. Anda por la calle Aribau, con la lengua fuera, sudoroso, como si la grasa se le estuviese derritiendo a chorros.Va a la cita. Tiene que acudir, aunque se teme lo peor. Ella ha preferido que sea en un lugar neutro. Lo ha dicho así, “neutro”. 

¿Cuánto tiempo llevan viéndose? Al principio fue como un juego. 

-Julio lo sabe… -le dijo Lilí un día, haciendo una pausa antes de continuar la frase-, y no le importa.

Piensa en la postura que tendrá que adoptar al sentarse para que no se vea el descosido en la camisa. Está en el lado derecho. Tendrá que girarse un poco hacia ese mismo lado y mostrarle más bien el perfil izquierdo. Ese incidente habría sido una cosa divertida en otras condiciones. Un motivo para que Lili le dijera una vez más "gordito", con su desarmante sonrisa.

Además está el sudor. Está chorreando. ¿Tiene un pañuelo a mano o tiene que pararse en un bar para coger una servilleta de papel? No se puede permitir que se deslice una gota de sudor desde su despejada frente hasta la punta de la nariz, justo en el momento de encontrarse con ella.

Jimmy está hecho así. Su cuerpo amazacotado, su cara espesa, sus ojos de batracio, su cráneo pulido y su hablar apresurado y balbuciente, es lo primero que se ve; es lo único que se ve. Cuesta ver otra cosa. 

Mientras camina, cuando puede olvidarse de su penoso estado,  fluyen los recuerdos de otra época. Y, entre todos, el primero es el de la primera vez que vio a  Lilí. 

Fue a casa de Ferran, llamó a la puerta y le abrió ella. Estaba muy ligera de ropa... Tan ligera, que le dio un poco de vergüenza verla así. Sólo tenía unas bragas y una camiseta de manga corta, de tela muy fina. 


A casa de Ferran iba cuando estaba aburrido. Ferran vivía solo en ese edificio destartalado y sombrío del Raval. Tenía ese privilegio. Era el único de toda aquella pandilla de lletraferits y artistones. Pese a todo, no era feliz. Era lo primero que se veía en él. Por detrás de su sonrisa sarcástica y de su mirada inquisitiva. 



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miércoles, 12 de septiembre de 2018

La Marcela del Quijote contra el acoso y el chantaje sentimental

"Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir 'quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo'." IDQ, cap. XIV

lunes, 10 de septiembre de 2018

Escasa higiene de don Quijote

Estaba en camisa, la cual no era tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos y por detrás tenía seis dedos menos, las piernas eran muy largas y flacas, llenas de vello y nonada limpias; tenía en la cabeza un bonetillo colorado, grasiento, que era del ventero IDQ, cap. XXXV

sábado, 1 de septiembre de 2018

El manuscrito de la cueva


Todo el mundo creerá que no hay nada que pueda cambiar en un ápice la historia de don Quijote después de tanto tiempo y de tantas investigaciones como se han realizado. Todo el mundo creerá eso, pero nada está más lejos de la verdad. Lo cierto es que me siento privilegiado, porque no me parece posible que nunca más se pueda llegar a descubrir algo tan trascendente como lo que yo tengo que contar en relación con esa obra. Y, aunque les pueda parecer extraño, lo que me ha permitido realizar la extraordinaria aportación de la que les voy a hablar, no es otra cosa que mi episódica afición a la espeleología. Es una actividad que me viene de pequeño, cuando me propuse entrar, con un par de amigos, –sin la menor preparación y sin ningún material- en dos o tres cuevas que había en las montañas de las afueras de mi pueblo. Tuve más de un susto, como la vez en que me perdí en las galerías; o cuando di un resbalón que me dejó baldado y sin poder acceder a la salida, que se encontraba al final de una pronunciada pendiente. Pese a tales accidentes, nunca perdí mis deseos de continuar explorando lugares de difícil acceso.Fiel a mi costumbre, hace unos meses me propuse un objetivo todavía más arriesgado que los que había superado hasta entonces. Se trataba de ir a las lagunas de Ruidera para, haciendo uso de mi experiencia cavernícola –a la que se añade desde hace ya algunos años la de submarinista– escudriñar sus oquedades rocosas. Mi intención era disfrutar de la belleza de ese paisaje lacustre accesible sólo para algunos privilegiados. El azar me condujo, después de introducirme en uno de esos tenebrosos túneles, a un lugar recóndito, por el que fui buceando hasta encontrarme, inesperadamente, con lo que parecía una cueva bastante amplia. Con no poco esfuerzo me encaramé a unas rocas y pude andar tranquilamente por el lugar. Allí me encontré con una serie de objetos: un antiguo tintero, una pluma de avestruz, una tabla que podía haber servido de camastro, una mesa muy tosca, una silla, un viejo candil y una botella vacía que debió contener aceite en algún momento. A lo ya dicho se añadían algunos recipientes de arcilla, uno de los cuales, bastante estrecho, albergaba unas cuantas hojas de papel. Me pareció curioso lo que estaba viendo. Daba la impresión de que alguien hubiera vivido en aquel recinto en un tiempo lejano. Tal hallazgo me hizo pensar que quienes habitaron aquella cueva debieron entrar por un lugar más accesible. Andando de aquí para allá, pude ver que, en efecto, se percibían en lo alto, en uno de los corredores, algunos rayos de luz procedentes de un agujero obstruido por un amasijo de piedras y una vegetación muy densa. Como no era posible utilizar esa salida, cogí lo que me pareció más interesante, el botijo con los papeles, lo introduje como pude en mi traje de buzo que, por suerte, se cerraba herméticamente y me metí en el agua para recorrer de nuevo el túnel irregular por el que había venido.

En la orilla, me deshice de mi traje de submarinista y de mis botellas de oxígeno, me vestí y, con cierta impaciencia, saqué los papeles del botijo. Su apariencia me causó asombro. Se veía que era un tipo de papel muy viejo. Algunas hojas estaban en blanco, pero la mayoría estaban escritas con una tinta de un color entre rojo y marrón y la escritura, por lo que yo podía deducir, era árabe. Para poder saber si era cierto, decidí ir a ver a un amigo marroquí que trabajaba en Almagro. Era un hombre con estudios y con aficiones literarias, que confirmó mis sospechas en cuanto a la lengua y aceptó de inmediato traducírmelos. La verdad es que le costó lo suyo porque, me decía, aquello estaba escrito en un árabe antiguo y las hojas eran muy frágiles. Sea como fuere, Abdel –que así se llama mi amigo– consiguió darme una versión inteligible del texto. Pues bien, por increíble que pueda parecer, el que había escrito aquellas hojas era nada menos que Cide Hamete Benengeli, el sabio árabe al que el narrador del Quijote presenta como verdadero autor de la obra. El texto comenzaba con estas palabras que ahora mismo les voy a leer como primicia mundial:

Este es el final verdadero de la historia de don Quijote, Sancho Panza y Dulcinea del Toboso. Como me siento enfermo y no estoy seguro de tener fuerzas para salir de este agujero, en el que vivo escondido como una alimaña, pediría que, si alguien después de mi muerte encontrase este manuscrito, se lo diera a mi antiguo amigo, editor y corrector de mi obra, Miguel de Cervantes. O, si él hubiere muerto –ya que todos tenemos marcados el día y la hora de nuestro destino-, que se lo mandasen a los impresores para que hagan las rectificaciones oportunas. Lo habría hecho yo mismo si hubiera podido, pero el inicio de la expulsión de los moriscos –a cuya comunidad pertenezco– ordenada y dispuesta santamente por nuestro buen rey Felipe III, me ha obligado a aislarme en este oscuro e impenetrable foso. No para evitar cumplir tan justa ordenanza, sino simplemente para poder dar fin a la obra de mi vida, que es la historia de este don Quijote de la Mancha, de quien nadie sabe sus hechos más íntimamente que yo. Y, digo dar fin, porque el final que corre por ahí, el que le di hace unos meses a mi amigo Miguel, no es el verdadero. Fueron las prisas por la temida expulsión las que me condujeron a transmitirle esa versión de los hechos, todavía no suficientemente contrastada con la documentación que había acumulado durante años de búsquedas por todos los lugares de la Mancha. Pidiendo perdón por mis múltiples y reiterados descuidos, puedo asegurar una vez más y protesto y juro por Alá y por su profeta que éste que les cuento a continuación es el verdadero e irrefutable final de mi historia. 

Y firma: Cide Hamete Benengeli.

El resto del manuscrito pasa a poner en ejecución lo que anuncia. Y, vive Dios que es inaudito, inesperado y sumamente emocionante encontrarse, a cuatro siglos de distancia, con una prueba documental que nos permite establecer varias cosas: que Cide Hamete existió, que era morisco, que la obra original la escribió él y no Cervantes, que la primera versión de la obra es árabe, que Cide Hamete era amigo de Cervantes, que la historia de don Quijote es cierta.

Creo que es la mayor sorpresa que podía darse en el mundo cervantino. Y lo digo como lego en la materia, tan ajena a mi profesión de leyes, aunque después de haber consultado a unos cuantos eminentes profesores universitarios que han tenido a bien confirmar la magnitud de mi hallazgo. Pero, en fin, vayamos al grano, y expliquemos en qué consiste ese escrito, que echará por tierra todas las interpretaciones que se han hecho de la obra.

Lo que cuenta Cide Hamete desde la profundidad de su cueva, se puede resumir de la manera siguiente: No es verdad que don Quijote muriese tan rápidamente después de volver por tercera vez a su pueblo, tras ser derrotado en Barcelona por el caballero de la Blanca Luna, su paisano Sansón Carrasco disfrazado de caballero andante. Volvió, es verdad, a su pueblo. Y estuvo enfermo de cierta gravedad. Sí, pero contra lo que allí se dice, don Quijote sanó al cabo de unas semanas. Con ser eso novedoso, lo más llamativo no es sólo la prolongación todavía durante bastantes años de la vida del hidalgo, sino cuál pudo ser la razón más probable de lo que había parecido una curación milagrosa.

Y el secreto del caso está en un personaje del que Cide Hamete confiesa haber descubierto a última hora facetas inauditas y al que lamenta no haber dado un trato más amable a lo largo de la obra: Dulcinea del Toboso. Sí, la famosa Dulcinea o Aldonza Lorenzo. Que fue real. Tan real y de carne y hueso como los propios don Quijote y Sancho. Y no sólo eso, fue también una mujer sensible. Sensible y bella. Y fue una mujer con carácter. Pero no con el carácter que maliciosamente le atribuye Sancho, empañando su honor, atribuyéndole rasgos hombrunos, un comportamiento grosero, una voz viril y creyéndola analfabeta. De todas las falsedades que dice sobre ella, quizá la peor sea ésta última, cuando lo cierto es que era capaz de leer, no ya una carta, sino libros enteros. Así lo hacía, y de muy buena gana, en las tardes de invierno, en casa, para toda la familia y algunos vecinos, con voz agradable, femenina y muy bien templada, provocando el arrobo de los oyentes.

Pues bien, esa auténtica y verdadera Aldonza, joven bella y bien educada a la que la mayoría de los mozos del Toboso cortejaba, sabía desde hacía años quién era don Quijote. Durante bastante tiempo, el hidalgo Alonso Quijada había rondado por el pueblo para verla y se las arreglaba para ir a misa los domingos a la misma hora que la admirada y virtuosa moza. Tales eran su asiduidad y la frecuencia de sus miradas huidizas, que Aldonza no pudo dejar de percatarse del poco caso que aquel hombre, ya bastante viejo, hacía a la santa ceremonia. Viejo, sí, pero con una posición social más encumbrada que la de su familia, por lo que, a ella, que era una joven ambiciosa, no le desagradaba su galanteo.

Por desgracia, se acabó desesperando porque, contra lo que había creído que sucedería, el hidalgo nunca se atrevió a acercarse a su casa para pedir su mano. No viéndolo ya cada domingo en el Toboso llegó a la dolorosa conclusión de que se habría olvidado de ella. Y tal era su desconsuelo que, una vez hubo perdido toda esperanza de convertirse en la señora de Quijada, fue desairando y rechazando con rabia a cada uno de los muchos pretendientes que expresaron su deseo de casarse con ella.

Sin embargo, al cabo de un tiempo, cuando ya estaba resignada a su triste destino, el cura del pueblo, que la tenía en alta estima y que había captado el vergonzoso comportamiento de don Alonso durante las celebraciones dominicales, le explicó que estaba equivocada. Si Quijada no iba ya al Toboso, era porque se le había secado el cerebro y no había tenido otra idea que salir por esos campos de Dios en busca de aventuras caballerescas. De ello daba testimonio un volumen publicado recientemente en el que otro, tan loco como él, relataba sus primeras hazañas. También le explicó que, como escudero, le acompañaba Sancho Panza, primo de uno de los vecinos del pueblo. Ni el cura ni otras personas que habían leído el libro, se atrevieron, sin embargo, a decirle el papel preponderante y muy particular que la bella Aldonza tenía en el relato.

Tras mucho rogar al cura que le dejara el libro, lo pudo obtener y lo leyó. Se quedó de piedra al descubrir que era ella, con el nombre cambiado, la fuente de inspiración de don Quijote, la mujer por la que suspiraba a todas las horas del día, por la que hacía penitencia y por la que estaba dispuesto a arrostrar los mayores peligros y enfrentarse a los más descomunales enemigos. Le embargaba tal emoción al ir pasando las páginas, que no pocas veces se echaba a llorar o incluso se desvanecía. Hasta tal punto, que sus padres le prohibieron seguir con la lectura y tuvo que hacerla a escondidas, en su habitación, a la luz de una vela, cuando empezaba a oír los ronquidos de sus severos progenitores.

Se enternecía con los suspiros de don Quijote, pero, en cambio, sentía un furor infinito por la manera en que Sancho había engañado a su amo en Sierra Morena, diciéndole que le había dado a Aldonza una carta que nunca le dio. Si Sancho hubiera cumplido con su cometido, ella, que había estado esperando durante meses a que el apocado hidalgo se le declarase y que aún estaba dispuesta a compartir lo que le quedara de vida con él, habría ido a ver a su galán para sacarlo de aquellas soledades, y quizá de aquellas extravagantes aventuras, y decirle que correspondía con fervor a su pasión amorosa.

¿Qué hizo Aldonza cuando acabó su penosa lectura? ¿Cómo supo que don Quijote había vuelto de nuevo a su aldea derrotado por el caballero de la Blanca Luna? ¿Cómo lo salvó de las garras de la muerte? ¿Cuál fue la reacción de Sancho ante el arrebatado enfado de Aldonza?

Es algo que ustedes podrán descubrir leyendo las sustanciosas páginas del manuscrito que saldrán a la luz en menos que canta un gallo. En ellas podrán leer el relato del primer y verdadero encuentro entre don Quijote y Dulcinea y de lo que fue su vida en común. No me dirán ustedes que estas primicias, que vendrán confirmadas en breve por la edición exacta, erudita y anotada de todas las hojas que encontré en la cueva, no dan un vuelco descomunal a la historia de don Quijote y al cervantismo todo, dejando patas arriba las más seguras explicaciones de la obra, de la identidad del autor y del papel de los personajes.

domingo, 22 de julio de 2018

El milagro paterno


Esta es la historia de un pobre hombre. Llevaba media vida… No, no media vida, sino toda su vida, puesto que andaba ya por la cincuentena, intentando convertirse en un gran escritor o, por lo menos, en un buen escritor. Y la verdad es que le costaba. Bueno, no es que le costara, es que le resultaba imposible. Cualquiera otro en su lugar, habría abandonado esa tarea para que el cielo no le había dado talento. Pero no él. Se decía que cada fracaso sería el último, que cada vez estaba más cerca de conseguirlo, que finalmente encontraría ese método que aún no estaba a punto. Y buscaba y buscaba. Era un hombre tenaz. Se decía que había nacido para eso, para ser un gran escritor, que lo llevaba en la sangre, en el alma, en todo su ser. Y por nada del mundo renunciaría a ello. A pesar de todo, y cada vez más, el sentimiento de impotencia iba haciendo mella en él. Su tenacidad, se iba recubriendo con una capa de amargura cada vez más visible. Lo que hacía y la forma en que lo hacía iba tomando la apariencia de la desesperación. Así, había decidido que las muchas hojas que cotidianamente iba arrugando y tirando a la basura, se quedarían dispersas por el suelo de su pequeño apartamento. Quería verlas y constatar así las dimensiones de su naufragio provisional. Y tal como lo pensó, lo hizo. Esas hojas iban formando una capa que crecía cotidianamente hasta entorpecer los movimientos del frustrado escritor. Pero eso a él no le importaba. Se trataba de una última apuesta. Nunca más recogería una hoja del suelo hasta que su obra no estuviera lista. Era un desafío y estaba dispuesto a sucumbir en el intento. Así prosiguió durante meses.

El mar de hojas garabateadas estaría ya a la altura de sus caderas cuando ocurrió algo inesperado, absurdo e increíble para cualquiera que no pudiera verlo como él lo estaba viendo. De pronto, una de las plumas que el frustrado escritor tenía en un estuche y que había heredado de su padre sin haberla usado nunca, se puso a escribir sola y a llenar página tras página. Lo único que nuestro escritor tenía que hacer era poner una hoja y tinta en el lugar adecuado y la pluma seguía escribiendo. El frustrado escritor observaba y leía todo lo que iba apareciendo en aquella incansable actividad de la pluma paterna y descubría cómo todas las narraciones que quiso escribir en algún momento de su existencia, incluidas las más remotas de su adolescencia, tomaban forma, se estructuraban, se enriquecían y aparecían completas, con intrigas acabadas, con personajes atrayentes, con un lenguaje muy elegante. No podía creerlo, pero era cierto. Y se lo repetía: todas las historias que imaginó en su vida iban escribiéndose de forma ordenada, armónica, con una elegante caligrafía, en series que correspondían a evoluciones de lo que pudo ser su estilo y de lo que pudieron ser sus temáticas. 

Mientras seguía observando la milagrosa tarea de esa pluma paterna, el escritor frustrado lloraba, lloraba de felicidad y se preguntaba qué clase de fenómeno maravilloso era ése. Una posibilidad era que toda esa masa de escritos frustrados, de enconados signos, de rayajos de rabia y de desesperación, encerrasen una fuerza y una energía que se había ido acumulando en la habitación y que desembocaron en esa extraña acción. Era una posibilidad. Pero había otra, no menos maravillosa, que él prefería. Aquella pluma era de su padre y su padre había sido un hombre bueno. Qué duda podía haber de que era él quien le estaba ayudando desde el más allá, le echaba una mano para que no sucumbiera a la desesperación, materializaba con la energía que a él le faltaba lo que habría debido ser la obra de toda su vida. 

Cuando la pluma hubiera acabado su tarea, le bastaría con firmar cada una de esas narraciones cortas, novelas, poemas y obras de teatro y enviarlas a un editor. Después podría morir tranquilo. 


Y fue así como lo encontró uno de sus escasos amigos, después de aporrear la puerta y de pedir a los bomberos que la echaran abajo para rescatarlo: dulcemente recostado sobre la extraordinaria y blanda masa de papeles que había tirados en el suelo, algunos de ellos en blanco, sin arrugar y con una vistosa firma estampada en mitad de la página.

domingo, 1 de julio de 2018

La final

Es cierto que lo había preparado mucho tiempo antes. Es cierto que Pepita formaba parte del plan. Es cierto que el desenlace tenía que ser el que fue y que le salió exactamente como lo había pensado. 

De todo eso la gente sólo se ha podido enterar por etapas. Puscheter no le dijo nada a nadie. Ha habido que reconstruir los hechos con los fragmentos que varias personas tenían de la misma historia. 

De la primera etapa, los que más sabían eran sus familiares. Al habitual malhumor del ex futbolista se había añadido a comienzos del mes de mayo un mutismo especial. Su desagradable carácter y los agrios comentarios que todos conocían desde que dejara de practicar la única actividad que le complacía en la vida, el fútbol, se vieron interrumpidos por silencios cada vez más duraderos hasta que, al final del mes, prácticamente no decía ni una palabra a nadie. No se la decía a Rosaura, su mujer, ni tampoco a sus dos hijos de veinte y veintidós años, cuando muy de vez en cuando pasaban a ver a sus padres. Nadie se alarmó por ello. De todos modos, la convivencia familiar hacía tiempo que se había convertido en un simulacro colectivo. Sin embargo, Rosaura no pudo menos que sorprenderse, porque estando como estaban en 2018, año de fútbol y a muy pocas semanas del inicio de la competición, Puscheter no había dicho nada sobre futuros viajes a Rusia, para asistir a los últimos partidos de la competición, desde los octavos de final en adelante, algo que había hecho en todos los mundiales desde que colgó las botas. 

El mutismo y la ausencia de planes en ese período de un año de mundiales de fútbol eran indicios evidentes, ahora que se sabía cómo había acabado todo, de que Puscheter estaba ya maquinando lo que tuvo lugar más tarde.

Para la segunda etapa, el mejor testigo es Pepita. Era una mujer que Puscheter había conocido en alguno de sus últimos viajes a Barcelona por el sencillo método de buscar en los anuncios de prostitución a una joven atractiva y simpática con la que pasar unas horas. Pepita le había gustado tanto que cada vez que iba a la ciudad condal se encontraba con ella. Con ella, al contrario de lo que sucedía con su círculo más cercano, Puscheter se permitía sonreír, gastar bromas y comportarse incluso de forma galante. En más de una ocasión le había dicho que ella era la persona con la que se sentía más a gusto. 
- La relación que tengo contigo es ideal. Te lo juro. Eres preciosa, inteligente, agradable, ocurrente…
Todo eso no era invención de Pepita. Una vez se le ocurrió preguntarle a Puscheter si estaría dispuesto a dejarse grabar prodigándole esos piropos. Puscheter aceptó. 

Puscheter llamó a Pepita a principios del mes de mayo, pidiéndole que le reservara seis noches, entre el diez y el quince de julio 
-¿Y no vas a Rusia a ver los partidos? -le preguntó, pues estaba también al corriente de sus viajes rituales cada cuatro años.
-No, esta vez no.
-Muy bien. Nos vemos entonces entre el diez y el quince. 

En eso quedaron y Puscheter se presentó como había dicho el día diez en Barcelona y la llamó. No para verla esa noche. Sólo quería verla al día siguiente y después el día quince, el de la final del mundial de fútbol. No le dio más explicaciones.

Esos encuentros constituyeron lo que podemos denominar la tercera etapa. Pepita no entendió nada, aunque fue testigo de ella. La primera noche cenaron e hicieron el amor, como siempre habían hecho, en el hotel Vela. La última noche, la del quince de julio, Puscheter le pidió que fuera  de nuevo al hotel a la hora del partido, a las cinco de la tarde. En la habitación habían cambiado la tele. Puscheter había pedido un aparato enorme que ocupaba una buena parte de la pared. Estaba encendido y los jugadores ya estaban en movimiento. Encima de una mesita había dos botellas de champán en sendas cubiteras y toda clase de pequeños entrantes, todos deliciosos. 

Puscheter, después de halagarla como solía hacer, le pidió que se quitara la falda y la blusa que llevaba y que se quedara en ropa interior. Puscheter también se quitó la ropa. Le hizo el amor con desenfreno echando ojeadas a la pantalla que no aminoraron en nada su pasión. Después siguió viendo el partido, mientras Pepita lo acariciaba levemente. Aún tenía un cuerpo atlético y agradable, por mucho que frisara la cincuentena. 

¿Qué ocurrió? ¿Cómo fue posible? Es algo que Pepita no podía explicar. Sencillamente, al acabar el partido, cuando el árbitro pitaba la conclusión del mismo, se dio cuenta de que Puscheter tenía los ojos abiertos, pero inmóviles; y, poco después, se dio cuenta también de que no respiraba; a continuación, comprobó que su corazón no latía; por último, tuvo que rendirse a la evidencia: Puscheter estaba muerto. 

La tercera etapa sólo la pudo explicar el forense, cuando le hizo una autopsia a Puscheter, el gran astro del Bayern de Múnich, del Barcelona y de la selección alemana de los setenta y principios de los ochenta para determinar las causas de la muerte. Puscheter había ingerido sustancias que le causaron la muerte de forma voluntaria. Pepita quedó enseguida fuera de toda sospecha. 

Puscheter había imaginado un guión que llevó a cabo de forma escrupulosa. Su mujer y sus hijos no han lamentado su muerte. 

domingo, 6 de agosto de 2017

ASESINATO EN EL AYUNTAMIENTO

El encuentro tuvo lugar ayer mismo, tarde, cuando sólo quedaban uno o dos guardias urbanos en el recinto. Se miró en el espejo con marco dorado que tenía en el despacho para ver si estaba bien maquillada. A continuación, se dirigió al sito que él quería: la sala de reuniones. Era un capricho de despedida.
-Me da mucho morbo –le dijo.
Y lo cierto era que a ella también, como todo lo que hacía con Rafael. Pero de momento tenían que parar. Ya había sospechas, cotilleos, miradas suspicaces de la parte de sus colaboradores más cercanos. Lo había notado. No podía permitirse que el rumor se extendiese.
Esperaba ardientemente el momento en que acabara su mandato. Total, era cuestión de año y medio. El tiempo necesario para que subieran sus ahorros a un nivel aceptable y cruzar el mar, los océanos. Entonces podría decir adiós a Enrique. Con el dinero que ella iba poniendo en la cuenta secreta, la que tenía con Rafael, podrían irse lejos, a Brasil, donde pudieran pasar juntos el resto de su vida y nadie les pudiera incordiar. Por eso –con crisis o sin crisis- no se bajaría el sueldo como le proponían algunos puritanos de su partido.
Esos eran los planes y pensamientos de la señora alcaldesa, una mujer de más de cuarenta años muy bien llevados, que mantenía una relación apasionada y oculta con un hombre veinte años más joven que ella, un poco violento, capaz de saciar su necesidad de placeres salvajes. Deseos que Enrique, su marido, plácido y solícito, no entendía, no conocía, no compartía.
Nada más ver a Rafael, que estaba esperándola pacientemente en la sala de reuniones, se lo explicó todo, se lo aclaró y completó la explicación con fervorosas promesas y apasionadas caricias, con gestos de pasión desbordante y brutal que fueron debidamente correspondidos.
Sin embargo, algo no debió salir del todo bien. Hoy a primera hora de la mañana, uno de los guardias urbanos ha abierto la puerta de la sala de reuniones y se ha encontrado a la alcaldesa tirada en el suelo con un agujero en la sien. El disparo ha sido a quemarropa, con una pistola provista de un silenciador. Sus ropas estaban desgarradas.
El escándalo ha sido inenarrable. Todos se han preguntado quién podía odiar así a esa mujer tan competente, tan agradable. La mayoría piensa ya en un crimen político. Nadie ha sospechado del guardia urbano que ha descubierto el crimen. Se llama Rafael. Se ha dicho muy afectado y se ha ido corriendo a casa. Por suerte tiene ya las maletas preparadas. Primero pasará por el banco y cogerá luego el camino del aeropuerto. Su avión para Río de Janeiro sale a las cuatro de la tarde.